¿Qué tienen en común una fotografía análoga y una acuarela?
Fuente: Valeria Guiñez
Todo empezó con una cámara usada. Hacía tiempo que Valeria Guiñez Medina se sentía atraída por probar nuevas técnicas artísticas, pero no fue hasta ese momento que se involucró de lleno en la fotografía. Le atraía la idea de revelar fotos, de acceder a la materialidad de un recuerdo, de poder llenar un álbum.
A diferencia de las imágenes digitales que aparecen de inmediato en la pantalla de un teléfono, la fotografía análoga exige paciencia. Hay que terminar el rollo, llevarlo a revelar y esperar. En ese intervalo, contradictoriamente, el olvido –no el recuerdo– aparece. “Es entretenido olvidar qué fotos habías sacado exactamente hasta el momento de revelarlas”, comenta. Y hay algo más: la sorpresa de cómo esas fotografías aparecerán, porque lo análogo puede presentar veladuras, sobreimpresiones, solarizaciones o doble exposiciones. Elementos que podrían considerarse errores si no fuera porque, muchas veces, son precisamente ellos los que dotan a la imagen de una atmósfera irrepetible. Porque, de una forma extraña, en esos elementos también hay belleza.
Quizás fue esa falta de control lo que terminó cautivándola en otras formas de arte. Aunque dice que desde niña siempre le gustó hacer manualidades –dibujos, pinturas en óleo y grabados–, recién mientras estudiaba Arquitectura en la Universidad Católica se interesó por la acuarela. “Me gustaba que el control del dibujo no fuera absoluto: el agua a veces controla más que uno y eso me parecía interesante, para aprender a soltar”, comenta. Con ganas de poder dedicarse a ello de forma exclusiva al menos una vez a la semana, se inscribió en la academia Capa en 2025.
La relación entre ambas disciplinas no tardó en aparecer. Así como la fotografía análoga admite accidentes imposibles de prever, la acuarela también convive con sus propios errores. Una gota de agua de más puede generar una coliflor; los colores pueden mezclarse de formas inesperadas; una decisión tomada demasiado tarde puede quedar fija para siempre sobre el papel. En ambos casos, los tiempos no siempre los determina quien crea la imagen.
“Me sorprendió lo compleja y desafiante que es la acuarela”, reconoce Valeria. Pero al igual que había hecho con sus cámaras análogas, empezó a aceptar sus retos: “Creo que lo que más me gusta de la acuarela y la fotografía finalmente es eso que no se puede controlar. Y justamente fue eso lo que me llamó la atención y me interesó empezar a relacionar entre ambas técnicas”.
Pero la relación entre las dos no terminó allí. Con el tiempo, Valeria comenzó a notar otra similitud. Una que ha sido ampliamente abordada por pensadores como Roland Barthes o Susan Sontag en sus ensayos sobre la fotografía: el recuerdo. “La fotografía análoga se asemeja a los recuerdos, que se van velando con el tiempo. Algo que uno podría recordar muy nítido en un inicio se va velando y eso es algo que la fotografía deja estático ya impresa, pero sí es algo que se puede manipular con la acuarela”, dice. En línea con ese interés, hizo un ejercicio de velar una fotografía nítida a través de la acuarela en una serie de cuatro pinturas. Su idea era una sola: simular el paso del tiempo de los recuerdos en la mente.
Cuadros expuestos en la Muestra Anual de Acuarelistas Capa de agosto 2025. Fuente: Valeria Guiñez.
Muchas de las imágenes con las que trabaja provienen de viajes a Chiloé y a la Carretera Austral. Hay algo en esos paisajes húmedos, en los cielos grises, las neblinas y los colores que parecen fundirse unos con otros que encuentra un eco natural en la acuarela. Cada una de las pinturas fue realizada en un formato de 10 por 15 centímetros, las mismas dimensiones de una fotografía impresa tradicional. La decisión no fue casual. Valeria quería que las obras evocaran desde el primer vistazo la sensación de encontrarse frente a una fotografía análoga rescatada de un álbum familiar atesorado, un recuerdo paralizado en el tiempo. Para reforzar esa idea, incorporó además un amplio paspartú blanco que recuerda a las diapositivas y a ciertas fotografías instantáneas. “Mi idea era que al ver la exposición se notara que estaban referenciadas en una fotografía análoga o que al menos dieran esa sensación de algo más antiguo”, explica.
El resultado genera una pequeña confusión. A la distancia, las imágenes parecen fotografías. Solo al acercarse se vuelven evidentes las transparencias, las mezclas de color y las huellas del agua sobre el papel.
“Lo que la fotografía reproduce hasta el infinito ha ocurrido solo una vez”, escribió Roland Barthes. Quizás por eso quienes pintan vuelven una y otra vez sobre las mismas imágenes. Para observar cómo cambian, cómo el tiempo las modifica, cómo los recuerdos, al igual que la acuarela, terminan difuminando sus propios contornos.
Escrito por Amanda Marton Ramaciotti
Periodista brasileña-chilena. Magíster en Ciencia Política y en Escritura Creativa. Diplomada en Estudios de Género, Raza y Clase. Autora de "No quería parecerme a ti", una investigación personal y periodística sobre la esquizofrenia. Es fundadora y directora de Revista Abismo, plataforma latinoamericana de relatos, una revista dedicada a explorar las profundidades de la narrativa en todas sus formas.
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Crónicas Capa busca ir más allá de los márgenes del papel de acuarela. Este proyecto artístico-literario destaca historias vinculadas al oficio y se sumerge en el detrás de la escena para invitar a lectores a conocer esta práctica desde otra vereda.
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